sábado, 26 de enero de 2008

Fue una tarde...

Fue una tarde de octubre, había ido con unos amigos de mis padres a un concierto coral, eran de la partida otro matrimonio con su hija. La presentación del coro estuvo muy bien, se trataba de un gran coro universitario, y aunque las condiciones acústicas del lugar no ayudaban fue un momento musical interesante, entretenido y relajante.

Cuando salimos de aquel oscuro recinto pude verla, era perfecta, en sus ojos se sintetizaba toda la belleza del mundo, sus largos cabellos parecían nadar en el viento y hasta el hombre más ruin y violento se habría transformado en un tierno gatito al ser hipnotizado por esa sonrisa.

Un “Hola, soy Lucila” me arrancó de mi letargo, fue el puntapié de una larguísima conversación de miradas y palabras, fueron como 2 horas, 10 metros. Mientras entrabamos al restorán yo estaba tan concentrado que casi me ataca una columna y hasta una silla intentó hacerme una zancadilla.

Ya sentados cada palabra quedaba flotando en el aire, y fueron tantas que la gravedad hizo que descansaran en el mantel, y al bajar la mirada nuestras manos estaban unidas, los amigos de mis padres y sus padres ya habían dejado de existir.

Hablamos de películas, libros, música y tantas cosas más, me preguntó mi edad, yo la suya, solo nos deteníamos para evitar que la comida se congelara aun más. Fuimos caminando lentamente, resistiéndonos a llegar al auto, nos conocíamos desde hace solo unas horas y nos miramos con antigua nostalgia, no nos animamos a pedirnos los teléfonos, cada uno desapareció de la vida del otro al instante que rugió el motor.

Mi mente de 23 años iba contando las luces de la avenida de a pares, 2, 4, 6, 8, 10, 12 y Lucila, que tenía 14.

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